jueves, 5 de marzo de 2015

Ki Tisá 5775

Rabino Gustavo Kraselnik

Congregación Kol Shearith Israel, Panamá

Moisés baja del monte Sinaí con las tres tablas del pacto en las manos y anuncia al pueblo de Israel que Dios les ha entregado quince mandamientos. En ese momento una tabla se desliza de sus manos y cae al suelo haciéndose añicos. Entonces Moisés corrige y dice: son diez, diez mandamientos.

La escena es una de las más desopilantes de la película “La loca historia del mundo” (año 1981) en donde Mel Brooks parodia a Charlton Heston en el clásico film “Los Diez Mandamientos”.

La sátira sagaz de Mel Brooks se sostiene en la novedosa idea de las tres tablas (la Torá – Ex. 34:28-29 dice claramente que eran dos y que las “locuciones divinas” – traducción más precisa que mandamientos -  eran diez) y en la estadística que afirma lógicamente que cada tabla debía contener cinco mandamientos. 

Pero no sólo la estadística lo dice. También lo hace un antiguo Midrash (Mejilta de Rabi Ishmael, Itró, parashá 8 y paralelos): Los diez mandamientos estaban dispuestos cinco en una tabla y cinco en otra… 

Inclusive el Midrash plantea que hay una correlación directa entre los mandamientos de una tabla y la otra (el primero con el sexto, el segundo con el séptimo., etc.) dando a entender, como es bien sabido, que la primera tabla se refiere a los mandamientos entre el ser humano y Dios mientras que la segunda se ocupa del individuo y su semejante.

También los artistas han coincidido en esta idea de colocar cinco mandamientos en cada tabla y así se puede apreciar en aquellas sinagogas, como es el caso de la nuestra, en donde aparecen las dos tablas con los Diez mandamientos simétricamente colocados.

Sin embargo esta imagen tan difundida presenta algunos problemas. 

El primero surge de la simple observación del texto. Ya sea que contemos letras o palabras, los últimos cinco mandamientos constituyen apenas una sexta parte del total.  En ambos casos, el punto medio se encuentra bien al principio del cuarto mandamiento (que es el más largo de todos). Una distribución equitativa según la longitud del texto determinaría los primeros tres mandamientos en una tabla y los siete restantes en la otra.

La segunda dificultad la plantea la propia Torá cuando dice que “las tablas estaban escritas de ambos lados” (Ex. 32:15.) Si bien Rashi (Francia, Siglo XI) explica que era un grabado calado que atravesaba la piedra y por ende era milagroso (ya que ciertas letras “cerradas” no podrían sostenerse), Abraham Ibn Ezra, (España, siglo XII) con mucho más sentido común, afirma que eran piedras gruesas que permitía su escritura de ambos lados.

Este último comentario nos lleva nuevamente a nuestro Midrash inicial que planteaba que cada tabla tenía cinco mandamientos. Esa era la opinión de Rabi Janina ben. Los sabios no estaban de acuerdo y afirmaban que en cada tabla estaban escritos los diez mandamientos, es decir, que ambas tablas eran iguales (El chiste de Mel Brooks carecería de gracia en este caso).

¿Cuál es la lógica detrás de esta afirmación? Como todo pacto, era importante contar con una copia para cada uno de los signatarios. Esta era la practica en la antigüedad tal como lo han demostrado diversos documentos que se han encontrado (y de hecho tal como seguimos haciéndolo nosotros cuando firmamos un contrato) 

En los pactos entre partes desiguales, la copia que pertenecía al más poderoso debía ser depositada allí donde él residía, mientras que la copia de los vasallos debía ser colocada en el templo de su dios.

Por esa razón, en nuestro caso particular, ambas copias debían ser colocadas en arca en el Mishkán (Santuario), que era a la vez el lugar de “residencia” de Dios y el Templo consagrado al Dios de Israel. Y así lo establece la Torá: “En el arca pondrás el Testimonio que Yo te voy a dar” (Id. 25:16).

Creo que tiene mucho sentido esta interpretación de pensar que las dos tablas, como dos copias del pacto, tenían el mismo texto. Además la idea de una única tabla con los diez mandamientos debe fortalecer la noción de que nuestra relación con Dios, definida en los primeros mandamientos, no puede estar disociada de nuestro comportamiento con nuestros semejantes estipulada en los últimos.

En última instancia el hecho de que todos los Diez Mandamientos hayan sido escritos en una misma tabla debería recordarnos que lo “religioso” separado de lo ético (un fenómeno tristemente cada vez más popular) es una falacia. 

Como enseñaron los maestros jasídicos: Para amar a Dios uno debe primero amar a los seres humanos. Si alguien te dice que ama a Dios pero no a sus semejantes, sabrás que es un mentiroso.

Shabat Shalom
Gustavo

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