jueves, 15 de diciembre de 2011

Vaieshev 5772

Los Rabinos de la UJCL escriben sobre la parashá de la semana

Rabino Rami Pavolotzky
Congregación B´nei Israel
San José, Costa Rica

A veces también hay que saber callarse
Esta semana comenzamos a leer la historia de Iosef y sus hermanos, el último gran relato de Bereshit, que se extenderá hasta el final del libro. La parashá comienza contándonos cómo Iosef era el hijo preferido y consentido de su padre Iaakov, lo que provoca la envidia de sus hermanos. 

El joven Iosef sueña sueños de grandeza, en los cuales se ve a sí mismo como el rey de la familia, y a sus hermanos como sus súbditos. Para avivar aún más la llama de los celos y el rencor, Iosef no duda en relatar alegremente a sus hermanos sus visiones nocturnas. Los hermanos, como era de esperarse, reaccionan furiosamente ante los cuentos de gloria de su hermano y comienzan a urdir un plan para deshacerse de él. 

Cabe aquí preguntarse porqué Iosef cuenta a sus hermanos los sueños que había tenido. ¿Acaso no sabía que ellos iban a reaccionar con enojo? ¿Era tan ingenuo como para no preverlo? ¿O quizás fue adrede, una simple provocación impulsada por un resentimiento reprimido?

Esta misma pregunta que nos hacemos cada año al releer Parashat Vaieshev, ya fue abarcada por diferentes exégetas bíblicos de distintas épocas. Veamos algunas de las opiniones autorizadas, tal cual aparecen citadas en el Jumash Etz Jaim:

  • Hizkuni (Francia, s. XIII): es probable que Iosef pensara que los hermanos lo iban a apreciar más si sabían que D”s le transmitía su mensaje directamente a él. Según este comentario, el joven Iosef, atormentado por el odio para él inexplicable que sus hermanos le profesaban, creyó que si les hacía entender que D”s mismo se estaba comunicando con él, sus hermanos cambiarían de opinión, ya que pasaría de ser visto como un joven consentido y engreído, a ser apreciado como un profeta distinguido.
  • Sforno (Italia, s. XV-XVI): era muy inmaduro, y todavía no podía prever la reacción de sus hermanos. A diferencia del comentario anterior, donde Iosef cree sinceramente que relatarles sus sueños a sus hermanos iba a serle beneficioso, aquí Iosef es visto como un joven ingenuo, que habla sin medir el alcance de sus palabras.
  • El Gaón de Vilna (Lituania, si XVIII): era un mensaje de D”s y un profeta no puede callar, sean cual sean sus consecuencias. De este comentario parece entenderse que Iosef presiente que su relato va a ser tomado a mal por sus hermanos, pero su misión profética lo impulsa a transmitirlo, a pesar de las consecuencias funestas que pudiera acarrearle.
Estos tres comentarios abarcan el abanico de opciones con respecto a la motivación de Iosef al contarle sus sueños a sus hermanos: quiso beneficiarse, no tuvo ninguna intención más que el simple hecho del relato ameno, o sabía que se iba a perjudicar. Yo personalmente me inclino por seguir la opinión del Gaón de Vilna, pero desde un punto de vista más terrenal. 

Por más joven e ingenuo que fuera Iosef, parece difícil imaginarse que iba a provocar algún sentimiento diferente de la ira y la furia al relatar a sus hermanos, envidiosos y fastidiosos con él, sus sueños de grandeza y dominación sobre la familia. Incluso un niño pequeño e inocente intuye cuándo sus palabras y/o acciones van a desatar el enojo de sus padres, y lo demuestra al hablar o proceder con una sonrisa pícara dibujada en su rostro. ¿Por qué especular que Iosef no habría de darse cuenta? 

Es mucho más lógico pensar que Iosef actuó como muchas veces lo hacemos nosotros cuando una situación nos incomoda: en lugar de plantear el problema de una manera franca y amable al mismo tiempo (“lo cortés no quita lo valiente”), solemos decir justamente aquello que preferiríamos callar, como si quisiéramos provocar un conflicto “casi” sin intención. Muchas veces decimos en voz alta las palabras que sabemos herirán profundamente a nuestro interlocutor, o que provocarán irremediablemente una reacción de cólera e irritación. Incluso llegamos a un encuentro o reunión con la aparentemente firme intención de no hablar sobre tal o cual tema, y unos minutos después lo mencionamos explícitamente, no sin esbozar un gesto de crispación al mismo tiempo. 

¿Por qué lo hacemos? ¿Por qué decimos justamente las palabras que no debemos decir? ¿Por qué caemos en la trampa una y otra vez? ¿Por qué no podemos callarnos? Quizás porque, como Iosef, somos un poco inmaduros, ingenuos o inocentes, y no sabemos cómo decir que algo nos molesta sin molestar al otro. Quizás porque deberíamos aprender a respirar unos instantes en silencio antes de abrir la boca… o contar hasta tres, o hasta cinco, o hasta diez. Quizás porque como el joven Iosef, todavía no aprendimos a ponernos en el lugar del prójimo, y nos limitamos a ver nuestra propia incomodidad, más allá de la cual todo parece estar bien. Quizás porque estamos acostumbrados a que algunos nos consientan, como Iaakov a su hijo Iosef, y nos cuesta entender que otros prefieren evitarnos, por nuestra actitud o por nada en particular. Quizás la clave está en vivir, en crecer y madurar, como también le pasó a Iosef, para llegar a una etapa en la que podamos manejar el silencio casi tan bien como nuestra facilidad para hablar, opinar y quejarnos. Es sabio quien puede elegir cuándo debe hablar y cuándo debe callar.
 
¡Shabat Shalom!
Rabino Rami Pavolotzky
Congregación B´nei Israel
San José, Costa Rica

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