jueves, 31 de julio de 2014

Devarim 5774

Los rabinos de la UJCL escriben sobre la Parashá de la semana

Rabino Gustavo Kraselnik
Kol Shearith Israel - Panamá

¿Será que, después de todo, Moisés es uno más de nosotros?  ¿De esos especialistas en echarle la culpa a los demás?

Esas preguntas parecen surgir a partir de un pasaje que aparece en Parashat Devarim.  En la parte inicial de su largo “racconto” a la generación joven, menciona el suceso de los espías y el castigo divino que estableció que ningún adulto de aquella generación ingresara a la Tierra Prometida (Núm. 13). Y sorprendentemente, luego agrega:
“Adonai se enojó también contra mí por causa vuestra, diciendo: ‘Tampoco tú entrarás allá.” (Deut. 1:37)

Aquí se nos plantean dos “modificaciones” de la historia que conocemos.  La primera es que el castigo a Moisés se dio por el incidente de la roca en Merivá (Núm. 20:12), y la segunda, que Dios dejó claro que la responsabilidad de la falta fue de Moisés y no del pueblo (Id.).

Pareciera ser entonces que al relatar la historia, Moisés “reescribe” los sucesos, omite su responsabilidad y la traslada al pueblo, tal como también lo hace un poco más adelante:
“Y Adonai se enojó contra mí por causa de vosotros, y juró que yo no pasaría el Jordán, ni entraría en la buena tierra que Adonai tu Dios te da por heredad.” (Deut. 4:21)
Los comentaristas intentan explicar los actos de nuestro personaje. En su exégesis de este pasaje, el RaMBaN (Najmánides, España siglo XIII) afirma que Moisés tiene bien claro que estos son dos eventos separados (los espías por un lado y el incidente de la roca por el otro), pero decide combinarlos porque ambos tienen la misma consecuencia: su impedimento de entrar a la Tierra de Canaán.

Abraham Ibn Ezra (España, siglo XII) sostiene que Moisés hace una suerte de paréntesis al mencionar a Caleb (Id. 1:36) y antes de nombrar a Joshua (1:38)  -los únicos dos adultos que entraron a la tierra – aclarando que él no va a entrar; por eso, la referencia a su castigo queda inmersa en el relato de los espías.

Saadia Gaon (Egipto y Babilonia, Siglo X) va un paso más allá y afirma que en realidad sí es culpa del pueblo el que Moisés no haya podido ingresar a la Tierra Prometida.  ¿Cómo es eso?  Si los espías no hubieran llevado al pueblo a transgredir y, por ende, a vagar 40 años por el desierto, Moisés hubiera liderado al pueblo en su ingreso a la tierra de Israel, tan solo al segundo año de la salida de Egipto.  En otras palabras, sin el suceso de los mensajeros, el incidente de Merivá, casi 40 años después, nunca hubiera ocurrido.
Dejemos de lado por un momento todas esas interpretaciones, para enfocarnos más bien en el lado humano de Moisés.

Al igual que cualquiera de nosotros, también su mente construye mecanismos de defensa.  Pudo enojarse con Dios por la exageración del castigo; pudo enojarse consigo mismo por ese rapto de fatalidad frente a la roca, pero la cuestión es que al final - consciente o inconscientemente –opta por endosar la culpa al pueblo: “por causa vuestra”.

Por una vez, Moisés deja de ser un estadista y se convierte en un simple líder.  Y por si fuera poco, su actitud queda evidenciada por una “mala jugada” del calendario judío.

Parashat Devarim se lee siempre en Shabat Jazón, el Shabat anterior a Tishá Beav, fecha que evoca las destrucciones del Primer y Segundo Beit Hamikdash (Templo de Jerusalem), entre otras tragedias acaecidas.

Cuando los sabios en el Talmud se preguntan por qué se destruyó el Primer Templo, responden: “Por tres cosas que había allí: Idolatría, relaciones incestuosas y derramamiento de sangre…  ¿Y el Segundo Templo?  Debido al odio gratuito” (Yoma 9b).

Los sabios tranquilamente pudiesen haber alegado que razones geopolíticas llevaron a la caída de Jerusalem.  Los babilonios venían arrasando desde el norte y, en su paso hacia Egipto, conquistaron el Reino de Judá y demolieron el Primer Beit Hamikdash (año 586 AEC), de igual forma que hicieron posteriormente los romanos: con el fin de poner fin a la violenta revuelta que los judíos habían iniciado en el año 66, destruyeron el Segundo Templo 4 años más tarde.

Para nuestros sabios, sin embargo, la verdadera causa de la catástrofe era interna.  La decadencia y la inmoralidad de la generación del Primer Templo, y la altanería y arrogancia de los líderes del Segundo Templo. A diferencia de este Moisés, que se nos presenta tan humano en nuestra Parashá y decide transferir la culpa, los sabios talmúdicos concluyeron que la tragedia era una oportunidad para dejar algunas enseñanzas, enseñanzas que solo se aprenden cuando la responsabilidad es asumida.

Tishá Beav pudo haber sido una lección de historia, pero los rabinos talmúdicos prefirieron legarnos una moraleja.  Casi 2000 años más tarde, aún continúa vigente.

Shabat Shalom,
Gustavo

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