jueves, 19 de mayo de 2011

Parashat Bejukotai

Los rabinos de la UJCL escriben acerca de la parashá de la semana
Rabino Gustavo Kraselnik
Congregación Kol Shearith Israel
Ciudad de Panamá, Panamá.

Parashat Bejukotai, la última de las diez porciones que conforman Sefer  Vaikrá (Levítico), nos invita a reflexionar sobre uno de los temas más debatidos de la experiencia religiosa: la teodicea, es decir, la justicia divina y su funcionamiento.

Nuestra parashá comienza enumerando las bendiciones de Dios por la observancia de las mitzvot (Lv. 26:3-13) para pasar luego a las maldiciones en caso de su no cumplimiento (Id. 26 14-45). Dos principios importantes emergen de estos pasajes, el primero, el libre albedrío del ser humano; el segundo, las consecuencias de las decisiones tomadas como fruto de esa libertad.

Si bien el término “teodicea” es relativamente reciente (creado por el filosofo alemán Gottfried Leibniz a principios del siglo XVIII) la inquietud por comprender como opera la retribución de Dios al accionar humano es tan antigua como el hombre.

Explicar el sufrimiento del justo ha sido desde siempre un desafío para aquel que escucha conmovido las palabras de Jeremías (17:7-8): “Bendito sea aquel que confía en Dios, pues no defraudará Dios su confianza.  Es como árbol plantado a las orillas del agua, que a la orilla de la corriente echa sus raíces. No temerá cuando viene el calor, y estará su follaje frondoso; en año de sequía no se inquieta ni se retrae de dar fruto.” O de quien comparte la visión del Salmista (92:12) “El justo como la palma florecerá...”

Sin embargo, ya el autor del libro de Job plantea su objeción a la sencilla ecuación que iguala sufrimiento con castigo, expresando que los designios de Dios son incomprensibles para los seres humanos (42:2-3). Y la aparición del concepto del Olam Habá (el mundo venidero) en el mundo post-bíblico, pareciera ser un intento por brindar una respuesta que justifique el accionar divino, cuando la realidad en el Olam Hazé (este mundo) pareciera no hacerlo.

El RaMBaM (Maimónides, España siglo XII) en su conocida introducción al capítulo 10 del tratado de Sanhedrín de la Mishná, desarrolla una larga disquisición sobre el tema de la recompensa divinas que aparece en la Torá. Afirma que es un recurso pedagógico para guiar al hombre en su crecimiento espiritual, ya que este, en su limitada capacidad, no aprecia el valor intrínseco de la observancia de las mitzvot y necesita un estímulo para hacerlo: “Estudia y recibirás una golosina o un dulce”.

Hoy en día, que casi diariamente tenemos noticias sobre terremotos, inundaciones y toda serie de catástrofes naturales y accidentes, (no es que antes no ocurriesen sino que hoy la información nos llega inmediatamente y encima con imágenes) cuesta mucho seguir sosteniendo desde un punto de vista racional que las cosas suceden bajo control de la Hashgajá Elohit (la Providencia Divina).

Las distintas respuestas a la pregunta ¿Dónde estuvo Dios durante la Shoá?, son intentos por construir una nueva teología que incluya una redefiniicón de la teodicea. El impacto de tan trágica experiencia ha tirado por la borda las definiciones tradicionales.

Y quizás precisamente debido a la dificultad que nos plantea la concepción clásica de premio y castigo - que sigue predominando en nuestra liturgia - podamos regresar a la Torá y encontrar allí algunas enseñanzas valiosas para nuestras vidas.

Si dejamos de lado los fenómenos naturales (hoy sabemos mucho más sobre como se originan) podemos ver que nuestra parashá, al igual que otros pasajes, coloca al colectivo, y no al individuo, como destinatario de la retribución. Lluvia, cosecha, pestes, invasores, etc. son fenómenos que afectan por igual a todos los integrantes de la sociedad. La sequía, la invasión de fieras salvajes y el triunfo sobre los enemigos no hace distingo entre los diversos componentes de la comunidad.

De esta forma, así como la sociedad como un todo es la destinataria de las bendiciones o las maldiciones, podríamos asumir que es también la construcción social y no el individuo, la que, de acuerdo a su observancia o no de las mitzvot, se vuelve responsable por la correspondiente retribución.

Si avanzamos un paso más e invertimos la fórmula, podemos afirmar entonces que una sociedad que funciona de acuerdo a los valores que emergen de la Torá (justicia, solidaridad, compromiso, paz, etc.) va a generar la dinámica que permita a sus integrantes vivir una vida de “bendiciones”, mientras que por el contrario, una sociedad en donde no se manifiesten estos principios, será una “maldición” habitar en ella.

Por eso, más allá de la propia teología y la interpretación que le demos a la justicia divina, la Torá nos convoca, en un plano más terrenal, a ser capaces de construir comunidades que den testimonio de las más nobles cualidades humanas y así hacernos generadores de las bendiciones de la vida. Ese debe ser el horizonte que guíe nuestro camino.

Shabat shalom

Gustavo

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