viernes, 23 de noviembre de 2012

Vaietzé 5773

Los rabinos de la UJCL escriben sobre la Parashá de la semana

Rabino David Cohen-Henríquez
Congregación Kol Shearith Israel

Huyendo de su hermano Esav, Jacob emprende su viaje hacia la tierra de su madre Rebecca.  En el camino, Jacob se acuesta a dormir y tiene una experiencia revelatoria.  Aquí el texto traducido de la Torá:
Salió, pues, Jacob de Beerseba, y fue a Harán.  Y llegó a un cierto lugar, y durmió allí, porque ya el sol se había puesto; y tomó piedras de aquel paraje y puso a su cabecera, y se acostó en aquel lugar.Y soñó: y he aquí una escalera que estaba apoyada en tierra, y su extremo tocaba en el cielo; y he aquí ángeles de Dios que subían y descendían por ella.  Y he aquí, YHVH estaba en lo alto de ella, el cual dijo: Yo soy YHVH, el Dios de Abraham tu padre, y el Dios de Isaac; la tierra en que estás acostado te la daré a ti y a tu descendencia.  Será tu descendencia como el polvo de la tierra, y te extenderás al occidente, al oriente, al norte y al sur; y todas las familias de la tierra serán benditas en ti y en tu simiente.   He aquí, yo estoy contigo, y te guardaré por dondequiera que fueres, y volveré a traerte a esta tierra; porque no te dejaré hasta que haya hecho lo que te he dicho.  Y despertó Jacob de su sueño, y dijo: Ciertamente YHVH está en este lugar, y yo no lo sabía. Y tuvo miedo, y dijo: ¡Cuán terrible es este lugar!  No es otra cosa que casa de Dios, y puerta del cielo. Y se levantó Jacob de mañana, y tomó la piedra que había puesto de cabecera, y la alzó por señal, y derramó aceite encima de ella.

En aquel lugar había una ciudad que se llamaba Luz, pero Jacob le cambió el nombre y le puso Betel.  Luego Jacob hizo esta promesa: «Si Dios me acompaña y me protege en este viaje que estoy haciendo, y si me da alimento y ropa para vestirme, y si regreso sano y salvo a la casa de mi padre, entonces YHVH será mi Dios.  Y esta piedra que yo erigí como pilar será casa de Dios, y de todo lo que Dios me dé, le daré la décima parte.» (Gén. 28:10-22)

A este episodio del sueño de Jacob lo acompañan una serie de midrashim y comentarios de gran contenido y profundas reflexiones.

La primera pregunta que se le hace al texto es: ¿Dónde es este sorprendente lugar en el cual ha pasado la noche Jacob?  A nuestros sabios no les gustaba mucho el hecho de dejar nombres de personas o lugares incógnito, y por técnicas de asociación de palabras o de ideas relacionaban a unos con otros previa o posteriormente mencionados en otras partes de la Torá.  En este caso, “el lugar” es el Monte Moriá, lugar donde Abraham ató a su hijo para sacrificarlo como prueba ordenada por Dios.  Es el mismo monte donde posteriormente se establecería el Templo de Salomón, lugar de expiación, centro de la vida religiosa de Israel y nexo del mundo con lo infinito.  Esta asociación es derivada de la historia Akedat Itzjak, cuando Abraham, luego de caminar junto a su hijo por tres días, divisa a lo lejos “el lugar”.  De esta manera, Lugar 1 es igual a Lugar 2.

A continuación, se nos manifiesta el sueño de Jacob.  Una escalera que se encuentra apoyada en la tierra y ascendía hasta el cielo, y de ella ángeles subían y bajaban.  Un comentario nos explica que la razón por la cual los ángeles subían y bajaban era porque la cara de Jacob, aquel hombre perfecto, completo, ideal de la humanidad, se encontraba grabado en la base del Trono de la Gloria.  Los ángeles veían esta cara de Hombre a diario cuando se presentaban ante Dios,  mas ahora veían a esta misma cara en un mortal, desparramado e inerte en el suelo.  Este midrash tiene un contexto fascinante desde una perspectiva antropológica.  Los rabinos veían en Jacob, o mejor dicho, en Israel, el ideal supremo a alcanzar.  Y esto no era solo referente al hombre Israel, sino al pueblo Israel.  Ser heredero de la tradición de Israel es vivir en una tensión entre aspirar a los más altos ideales, alcanzando poder estar en el plano en el que mora la divinidad y entre el plano de lo material, del mundo físico en el cual tenemos que comer, dormir, luchar por sobrevivir, es decir, ser humano.

Dios le informa a Jacob que la tierra en donde se encuentra acostado le será otorgada como heredad para él y sus descendientes. Un comentario un tanto gracioso explica que no fuese a pensar que era ÚNICAMENTE el espacio que ocupaba su cuerpo, y por esa razón Dios comprimió toda la tierra de Israel para que cupiese debajo la superficie que ocupaba su cuerpo.

Al despertar leemos en el versículo 18 que Jacob tomó la piedra que había puesto bajo su cabeza.  Pero si leemos con cautela, veremos en el versículo 11 que eran no una sino varias piedras las que había tomado.  Nos dice el Talmud que, antes de su sueño, eran en efecto múltiples piedras, doce para ser exactos, y que al despertar, estas doce piedras se habían fusionado y constituían ahora una sola.  Esto es un símbolo análogo a los futuros descendientes de Jacob, que empezarían como doce tribus pero que se fusionarían para formar una sola nación.

Luego Jacob llama al lugar Bet-El, la Casa de Dios.  Hasta el momento, Dios había sido descrito como “montaña” por Abraham (Génesis 22:14) y “Campo” por Isaac (Génesis 24:63).  Pero ahora, a través de Israel, la experiencia divina se encontraba descrita como una casa.

Luego de este episodio, Jacob emprende nuevamente su viaje. El hombre Israel llegó a su destino, se casó con Rajel y Leah y tuvo muchos hijos, futuros estandartes de las tribus de nuestro pueblo.  Pero Israel el pueblo tuvo un destino distinto. Nuestro viaje no ha concluido. Hace algunos años, un grupo de los descendientes de Jacob regresaron al lugar de la promesa, al lugar del sueño. A pesar de haber sido esparcidos norte, sur, este y oeste, las semillas de Israel regresaron de su diáspora y se establecieron en su tierra ancestral.  Ahí soñaron y construyeron lo imposible, un Estado moderno, un proyecto de renacimiento nacional.  Una tarea tan difícil como erigir una escalera al cielo. Y a pesar de la adversidad, los hijos de Israel han perseverado. En la promesa que Dios le hace a Jacob, le dice que sus descendientes van a ser como el polvo de la tierra. Se dice que el pueblo de Israel es, en efecto, como el polvo de la tierra, y que entre más se le pisa más se levanta. Somos un pueblo que se levantó del polvo y de las cenizas, nos despertamos de nuestro letárgico sueño y también de nuestras pesadillas y recordamos que nuestros rostros están tallados en lo más alto, en un lugar donde no se espera nada más que lo mejor de nosotros, que tratemos de aspirar a lo más grande. Y una vez de regreso a ese nexo entre el cielo y la tierra, entre el pasado y el presente, volvimos una vez más, al igual que Jacob, a llamar al lugar CASA. Y aunque proveníamos de distintos lugares se forjó una sola nacionalidad, una dura piedra resistente a las más duras condiciones. Lastimosamente los habitantes de la tierra de Israel aún viven con el miedo de sus hermanos, sus vecinos, y aún anhelan el día en que la vida sea como un sueño, un lugar tan santo que hasta los ángeles quieran descender y volver a subir y contar al Creador del Cielo y la Tierra acerca de las maravillas de este lugar que lleva su nombre y el nombre de aquellos Hijos de Hombre que luchan junto a Él.

Rabino David Cohen-Henríquez
Congregación Kol Sheartih Israel, Panamá

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